domingo, 18 de mayo de 2014

Impulsos suicidas

Son las 6 de la mañana y nuevamente me dan los impulsos suicidas. Son esos impulsos que te dan las fuerzas para saltar por la ventana, para hacer el nudo de la cuerda, para comprar las pastillas o para cargar el revolver. Echado en mi cama controlo los impulsos al ras de la autoflagelación. Miro al techo con la mirada perdida, como su atravesara aquellos metros de concreto y llegara hasta el cielo. Me levanto y los impulsos suicidas retoman fuerza. Cada vez mas fuertes, como latidos del corazón recién formado de un endemoniado bebé dentro de mí, que grita por sangre de su progenitor. Es hora de tomar los medicamentos para contrarrestar los impulsos. Cosa curiosa, que muchos de estos medicamentos fácilmente podrían complacer al demoníaco bebé y darte la muerte, cosa irónica. Pero no, tomo las dos que me receta el doctor y ya.
Comienzo a sentir el estupefaciente efecto de la droga, que lo único que hace es volverme lo suficientemente estúpido como para ser incapaz de hacerme daño; del mismo modo en el que vuelve incapaz de pensar o comer o defecar o cualquier otra rutina humana. Vuelvo a la cama e intento dormir. Los ojos se me van y no puedo ni mantener a los dos en un punto fijo. Decido cerrarlos y esperar a que la muerte temporal del sueño haga lo suyo y que el río de los recuerdos proyectados se lleven esos impulsos lejos de mí. Impulsos, que a fin de cuenta, llevan el mismo ritmo que lleva mi corazón, cosa curiosa.

sábado, 3 de mayo de 2014

El limbo en el autobus

Salgo de la universidad. No tengo ganas de llegar a casa a pelearme con medio mundo, a recibir ordenes y ejecutar tareas domésticas. Hace frío y prendo un cigarro. El humo se disipa hacia la derecha, en el viento helado que me cala los huesos. Le doy una buena aspirada al cigarro y dejo el humo adentro, para calentar el cuerpo. Un par de pitadas mas, profundas y lentas como debe ser, se acabó el pucho. Estoy por sacar otro y llega el autobus. Subo. No hay sitio como de costumbre y me quedo parado. No fue un buen día - pienso. Recibir malas notas, comer solo, dormir en el pasto solo, despertar solo, amigos hipócritas, maestros renegados, amores platónicos y depresión permanente. Las ganas de salir de todo este mundo son cosa del día a día, pero la cobardía me gana. Pienso en llegar a casa, pero tampoco me agrada la idea. Dan ganas de quedarse eternamente en el carro, en ese limbo donde nadie te conoce y en donde a nadie conoces. Un limbo de sudor y pestes, pero tranquilidad caótica. La monotonía del desorden te laxa. Veo hacia el exterior, hay calles descuidadas, gente con cara de sueño y soledad. Odio sentirme a gusto solo en el carro, odio que mi paz sea el caos de una caja de lata con ruedas. La idea me deprime aun mas y decido dormir, con ganas de nunca despertar, pero no puedo, llegué a mi paradero, es hora de bajar y afrontar la realidad, que latón.