sábado, 3 de mayo de 2014
El limbo en el autobus
Salgo de la universidad. No tengo ganas de llegar a casa a pelearme con medio mundo, a recibir ordenes y ejecutar tareas domésticas. Hace frío y prendo un cigarro. El humo se disipa hacia la derecha, en el viento helado que me cala los huesos. Le doy una buena aspirada al cigarro y dejo el humo adentro, para calentar el cuerpo. Un par de pitadas mas, profundas y lentas como debe ser, se acabó el pucho. Estoy por sacar otro y llega el autobus. Subo. No hay sitio como de costumbre y me quedo parado. No fue un buen día - pienso. Recibir malas notas, comer solo, dormir en el pasto solo, despertar solo, amigos hipócritas, maestros renegados, amores platónicos y depresión permanente. Las ganas de salir de todo este mundo son cosa del día a día, pero la cobardía me gana. Pienso en llegar a casa, pero tampoco me agrada la idea. Dan ganas de quedarse eternamente en el carro, en ese limbo donde nadie te conoce y en donde a nadie conoces. Un limbo de sudor y pestes, pero tranquilidad caótica. La monotonía del desorden te laxa. Veo hacia el exterior, hay calles descuidadas, gente con cara de sueño y soledad. Odio sentirme a gusto solo en el carro, odio que mi paz sea el caos de una caja de lata con ruedas. La idea me deprime aun mas y decido dormir, con ganas de nunca despertar, pero no puedo, llegué a mi paradero, es hora de bajar y afrontar la realidad, que latón.
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