Comienzo a sentir el estupefaciente efecto de la droga, que lo único que hace es volverme lo suficientemente estúpido como para ser incapaz de hacerme daño; del mismo modo en el que vuelve incapaz de pensar o comer o defecar o cualquier otra rutina humana. Vuelvo a la cama e intento dormir. Los ojos se me van y no puedo ni mantener a los dos en un punto fijo. Decido cerrarlos y esperar a que la muerte temporal del sueño haga lo suyo y que el río de los recuerdos proyectados se lleven esos impulsos lejos de mí. Impulsos, que a fin de cuenta, llevan el mismo ritmo que lleva mi corazón, cosa curiosa.
domingo, 18 de mayo de 2014
Impulsos suicidas
Son las 6 de la mañana y nuevamente me dan los impulsos suicidas. Son esos impulsos que te dan las fuerzas para saltar por la ventana, para hacer el nudo de la cuerda, para comprar las pastillas o para cargar el revolver. Echado en mi cama controlo los impulsos al ras de la autoflagelación. Miro al techo con la mirada perdida, como su atravesara aquellos metros de concreto y llegara hasta el cielo. Me levanto y los impulsos suicidas retoman fuerza. Cada vez mas fuertes, como latidos del corazón recién formado de un endemoniado bebé dentro de mí, que grita por sangre de su progenitor. Es hora de tomar los medicamentos para contrarrestar los impulsos. Cosa curiosa, que muchos de estos medicamentos fácilmente podrían complacer al demoníaco bebé y darte la muerte, cosa irónica. Pero no, tomo las dos que me receta el doctor y ya.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario